Dale la mano al mundo

16 08 2010

Yang Junhua conduce con la precaución de un novato, a pesar de ser el chófer. Todos los días se levanta a las seis de la mañana, se monta en la furgoneta y va, pueblo por pueblo, recogiendo a los niños, de entre dos y seis años, para llevarlos a la guardería que su padre fundó hace una década, gracias a préstamos familiares y a los pocos excedentes que había acumulado labrando la tierra. El trayecto, por rutas de tierra y piedra, le lleva unas dos horas. A las cinco, al salir de clase, hace el mismo camino de vuelta. El primogénito de cuatro hermanos hizo dos años de Universidad, ingeniería química, y luego empezó a trabajar como vendedor en la misma ciudad donde cursó estudios, Kaifeng, que es una de las urbes de Henan, en el interior de China y antigua capital imperial. Cuando sus padres se jubilaron, volvió al pueblo para hacerse cargo del negocio familiar: un edificio de concreto de cuatro plantas, con una especie de jardín de juegos en moqueta verde y algún que otro columpio. Dice que, de no recogerlos en los pueblos, los niños no acudirían a la guardería: la escuela obligatoria empieza en China a los seis años.

Los niños y las profesoras en una de las clases de la guardería

Para enseñarte Kaifeng, Yang Junhua ha reclutado a una de las profesoras y a sus dos niños, que estudian en la ciudad porque dice que en el pueblo lo tendrían demasiado fácil. Tras los caminos de tierra, entráis en una vía asfaltada, de seis carriles en cada sentido. Es la carretera que une Zhengzhou, capital de provincia, con Kaifeng, y se la podría llamar autovía, si no fuera porque, cada 500 metros, hay un semáforo, o un giro a través del sentido contrario, como en cualquier pequeña calle de ciudad. Del retrovisor cuelga una chapa. Cuando la observas atentamente, te dice que ése es el Presidente Mao en su juventud. En cinco minutos, pasáis de caminos de tierra y campos a punto para la cosecha a edificios de 25 plantas y amplias avenidas. Nada tiene aquí más de cinco años, afirma. Dice que la mayoría de los pisos aún no están habitados. Y en verdad que todo reluce con el orden y la falta de encanto de cualquier suburbio de cualquier gran ciudad del mundo. Pero te sorprende la dimensión. Dice que, en pocos años, su pueblo será parte de este conglomerado suburbano. A él no le gusta, pero a casi todos los del pueblo, sí. Ya ha pasado lo mejor y lo peor. Cuando te invitaron a la guardería, te aseguraron que ibas a dar unas clases de inglés. No imaginabas lo que te esperaba. Yang Junhua te explicó brevemente el protocolo. Entras en la clase, te presentas, les enseñas unas palabras en inglés y en español y luego proponemos a los niños que se acerquen a ti y te saluden. Tú entonces les dices que son muy buenos, muy guays y muy obedientes. Te mostraste conforme. Te mete en una clase, con unos 20 niños pequeñitos, sentados en unas sillas diminutas frente a unos pupitres diminutos. Todos te miran como si fueras un monstruo desconocido pero con buenas intenciones. A la llamada de la maestra, gritan: “¡ni hao shushu!”, ¡hola tito! Es la forma correcta de dirigirse a los adultos: tío o tía. Hablas con toda la claridad que puedes. Te presentas, les dices que vienes de España, pero que trabajas en Beijing. Entonces les enseñas un par de palabras en español: “buenas tardes”. Y, tras el impulso de la profesora, todos gritan al unísono: “bunnnnnnn talllllllldeeeee”. La ropa que llevan está, en su mayoría, deshecha. Están manchados de churretes, pero muestran disciplina en clase, sobre todo cuando se eleva el tono de voz lo suficiente. Así que esta vez gritas: “¡hola!”. Y los niños gritan seguido: “¡hola!”. Luego la profe y Yang Junhua convocan a los más valientes: “¿Quién quiere saludar al tito?”. Mutis por el foro. Tú te agachas hasta estar a su altura, siguiendo el consejo de una amiga, para darles confianza. Tras unos momentos de silencio, la maestra se acerca a una niña y le comenta que ella se ofreció antes para saludar al tito. Asustada, asume el reto como una misión de alto riesgo. Previendo las costumbres caníbales del extranjero, se acerca con la mano por delante para saludarte. “Hola tito”, dice. “Hola”, dices, “¿cómo te llamas?” “Xiao Mei”, contesta. “Xiaomei, eres muy valiente, me gustas mucho. ¿De qué pueblo eres?” “De aquí al lado”, dice con una sonrisa, ya más tranquila. Le preguntas que qué le gusta hacer. “Bailar”, contesta. Le dices que si quiere bailar. Duda, mira a la maestra y, tras el gesto de asentimiento, levanta las manos y se inclina hacia detrás hasta hacer el puente. Te fijas por un segundo en las caras del resto de los peques y están boquiabiertos, sorprendidos tal vez de que la temeridad de Xiao Mei no haya desembocado en ninguna desgracia. Xiao Mei permanece en escorzo hasta que la profe le dice que basta. Entonces aplaudes y todos aplauden contigo. Luego te da un besito en la mejilla y vuelve a su pupitre. Al comprobar que todo el mundo ha salido ileso del experimento, más y más niños salen a saludar al tito. Y el proceso se repite, entre fotos, chillidos, malentendidos y besitos, en otras siete clases. Juegas después con ellos en el patio. Tras ver cómo te arrastras por el suelo para parar sus disparos con una pelota de fútbol, cogen confianza, se acercan y te tiran de los pelos de las piernas. Te preguntan por qué tienes tanto pelo y les dices que es normal de donde vienes. Te dicen que España es muy buena en fútbol y tú, por primera vez, les dices, con confianza, que sí, que es verdad. Cuando se hace de noche, todos desfilan de vuelta a casa. En ese momento las mujeres de la familia ya están preparando la cena. Ya en la mesa, el patriarca, el abuelo, saca la botella de baijiu, aguardiente, y compartís unos cuantos brindis mientras intenta apañarte un matrimonio en el pueblo: 28 años son muchos años para un soltero en la China rural. Las maestras, tímidas, tratan de cortarle el rollo, pero es testarudo. Como le has comprendido un par de palabras, dice a todo el mundo que hablas dialecto: “henanhuà”. Al día siguiente, sin embargo, el patriarca pasa a segundo plano. Te han apañado una habitación para ti solo. Tiene dos camas y estás seguro de que gran parte de la familia está durmiendo apretada sólo para que tú estés cómodo. Al cruzar la puerta, en la sala contigua, hay una gran mesa comedor y un ordenador con conexión a internet. Las profesoras, que duermen en la guardería entre semana, chatean con sus ligues en una especie de Messenger local que se llama QQ. Esa modernidad contrasta con los víveres disponibles en la única tienda del pueblo, que parece sacada de una película costumbrista en blanco y negro, al igual que las calles, en las que no se puede caminar sin estar atento al lodo, los charcos y los ladrillos amontonados sin ton ni son. El patriarca, has dicho, pasa a segundo plano, pero tú tampoco sabes muy bien qué coño está pasando. Cuando te levantas, al segundo día, abres la ventana y ves un montón de gente en el patio: han sacado todas las pequeñas sillas de las clases al exterior y muchos padres se sientan expectantes junto a sus niños. Sales y todo el mundo, 300 personas, te mira fijamente. Hay gente que incluso no cabe en el patio y que se pone de puntillas en la puerta de entrada para ver qué pasa. Tomas un poco de perspectiva y alcanzas a ver el cartel que corona el patio: “De cara al mundo, Dale la mano al mundo”. Cuando lees los caracteres, ya comprendes que, por muy pequeño que seas, por muy lejos que estés de tu casa y por muy poco cualificado que te sientas, aquí, para ellos, ahora, no hay otro mundo que tú. Y como te han tratado tan bien, intentas estar a la altura. Cuando te ofrecen el micrófono, lo tomas con naturalidad. Lo que sigue es un espectáculo que podría llamarse de telerrealidad, si eso tuviera algún significado. Reproduces, frente al público, las básicas clases de español e inglés del día anterior. Los niños se levantan y te dan la mano. La gente sonríe. Las mamás salen a preguntarte cualquier cosa, verdaderamente cualquier cosa, como por ejemplo si sus niños pueden aprender lenguas extranjeras, si la educación en China es buena, que cómo son los pueblos en España, si te gusta su pueblo, que por qué viniste a China, que si te has casado… Educadamente, respondes a todo, aunque no sepas muy bien si está bien o no responder. Afortunadamente, todo acaba más rápido de lo esperado, incluso las canciones que te ponen a cantar al final junto a las maestras. Más tarde, cuando estáis viajando en el coche, y Yang Junhua no te deja pagar en ningún sitio la entrada, piensas que, tal vez, no estáis yendo a los sitios más turísticos, no porque estén muy lejos, como él dice, sino porque probablemente no puede pagar la entrada para cinco personas y en ningún caso permitiría que tú las pagases. Así que vais a sitios tranquilos, sin las legiones de turistas locales que pululan por las atracciones más famosas. Y lo pasáis bien. Sólo te extraña, cuando miras el colgante del retrovisor del coche, que te diga: “Me acuerdo bien de esa época. Yo era un niño. Apenas había lo suficiente para comer. Pero él es y ha sido nuestro mejor hombre: el más grande. Aunque claro, si él viviera, tú no podrías estar aquí”.





El Éxodo

25 02 2010

Todos se alzan. Algunos agarran los mismos bultos plastificados sobre los que se sientan y los cargan al hombro. Otros arrastran sus maletas de ruedas hasta la fila. Los bebés se dejan, dócilmente, guiar de la mano de sus padres. Cuatro policías se montan en cuatro taburetes y sus cabezas sobresalen entre la muchedumbre. Miran amenazadoramente a la cola, cuidando de que, en la medida de lo posible, se respete el orden. A pesar de que aún no han abierto las puertas, la masa se va poco a poco compactando junto a ellas, empujada por un deseo irrefrenable de avanzar. De vez en cuando, se oyen pitidos y gritos de la policía a algún espabilado. Sin embargo, pronto abren las compuertas y la gente comienza a pasar al andén. Los vagones del tren están divididos en pequeños compartimentos abiertos de seis literas. Están separados unos de otros por finos tabiques, mientras que un estrecho pasillo sirve de unión entre todos. Cuando los estantes se agotan, se buscan nuevos lugares donde meter los bultos. Cualquier sitio es bueno: el pasillo, debajo de las literas, debajo de la mesilla junto a la ventana. Los niños trepan por las escaleras de las literas. Los adultos sacan la baraja de cartas o el móvil. Otros, el licor, pues quedan muchas horas de noche y de viaje. Algunos se dirigen a la cafetería, aunque los más han traído sus propios tapers con comida. Hay muchos revisores. Y revisan muchas cosas: que no cuelgue ninguna cinta de los estantes, que no sobresalgan las maletas de los mismos, que el pasillo quede libre de bultos…

Cuando llegan al vagón, prácticamente no hay ningún pasajero en regla con su equipaje, todo el mundo debe volver a hacer mudanza. Pero la gente está alegre. La mayoría va a ver a su familia después de una larga ausencia y, además, en China no hay muchas vacaciones. El único extranjero a la vista llama bastante la atención. Te observan y hacen comentarios entre ellos. Pero no están seguros de si podrán comunicarse contigo. El revisor, que te regaña por montarte en la litera con zapatos, rompe el hielo. Te disculpas. Entonces el resto se anima. Parecen contentos de hablar y se esfuerzan por que su chino resulte lo más claro posible, aunque a veces eso también queda fuera de tu alcance. Poco a poco, a medida que la noche avanza, se van acomodando en sus literas. Tú también lo haces. Queda mucho trayecto. Una fuerte luz cenital te permite leer, mientras el hilo musical martillea sin descanso. A las once de la noche, sin embargo, se apagan la lámpara y la música. Toque de queda. Hora de dormir. Piensas entonces en las historias que has ido oyendo en el camino. Algunos no han visto a su familia en un año; otros, en dos o en tres. Hay mujeres y hombres en pueblos que están esperando con nerviosismo a sus cónyuges. Hay niños que no conocen a sus padres. Otros que los habrían olvidado, si no fuera porque constantemente les recuerdan que su papá o su mamá se marchó a la ciudad para ganar más dinero. No sabes a ciencia cierta cuántos campesinos trabajan en la ciudad. Ni siquiera el Gobierno chino lo sabe. Se calcula que son entre 100 y 300 millones. En su Año Nuevo, esta enorme fuerza de la naturaleza se muestra con todo su brío. Normalmente discretos, dispersos y vulnerables, abarrotan ahora calles, transportes y puestos de comida. Van, literalmente, con lo puesto. Les distinguen las manos y las espaldas anchas, la piel morena y el vestir desgarbado. Son ellos quienes han cosido tus zapatillas, quienes han unido las piezas de tu móvil y quienes han fabricado la tele de tu salón. Gracias a ellos está cambiando China y el mundo. Sobre sus espaldas se está irguiendo este país. Y ni siquiera pueden permitirse los 20 euros que has pagado por tu litera para un trayecto de 22 horas. Van sentados. A diez vagones de distancia. Los Mingong, mitad campesinos, mitad obreros, son como los moros, los negros, los latinos, o los maquetos de Occidente; son los parias de China. Has oído ya muchas historias sobre las perradas que les hacen. Pero no es éste el momento de contarlas. Ahora quieres hablar de la otra China. La que no estaba diez vagones más allá… Quieres hablar, por ejemplo, de la Noche Vieja, cuando llegaste a un pueblito de Yunnan en otro tren y ya no había ni buses, ni taxis, ni ningún transporte regular que pudiera llevarte al centro histórico, sino sólo conductores privados con ganas de sacar tajada de sus furgonetas. Habías estado hablando en el trayecto con Xiao Li, una chica de unos 24 años de Cantón, del sur del país. Diseñadora gráfica, viajaba sola con destino a una montaña cercana al altiplano del Tibet, aunque primero quería pasar la noche en Lijiang, igual que tú. Mientras ambos esperabais a negociar con el chófer de turno, se os acercaron otros veinteañeros con ganas de celebrar el Año Nuevo. Todos viajaban solos y se habían conocido en el trayecto. A los 10 minutos ya estaba decidido. Iríais los siete en la misma furgoneta al centro. Os cobrarían 50 céntimos de euro por cabeza. Dos de los pibes iban ya cargados de licor, aunque los demás acertaban a tenerlos bajo control. Empezaste a charlar, poco a poco, con la gente, tratando de acostumbrarte a su acento. Un chaval, Afei, te cayó bien desde el principio. Iba cuidando de que Liu no se partiera la crisma contra el suelo, pero sacaba tiempo para charlar contigo. Al poco, decidisteis que Liu, Afei y tú compartiríais habitación en un hotelillo del centro. A tres euros por cabeza, no te pareció un mal negocio. Esa noche fuisteis a recorrer el pueblo en busca de algo que comer y que beber. Las familias estaban viendo la tele. El programa con más audiencia del mundo es el de la Noche Vieja china, según dicen. Se veían por todas partes los restos de las comilonas, también las botellas vacías, y a cada paso había que esquivar una traca de petardos. Los dos días siguientes los pasaste con Liu y Afei, que son unos verdaderos majetones, aunque tienen la desafortunada costumbre de pararse con rigurosa puntualidad cada segundo para tomar fotos cuando pasean por la ciudad. Su filosofía es que cada detalle, por mínimo que sea, es digno de inmortalizarse. De vez en cuando, además, reclaman una cierta adhesión por tu parte. Desuan –te llaman por tu nombre chino-, ¿una foto? Entonces posas en cualquier sitio y sonríes o haces el signo de la victoria. Lo malo es que, si no están satisfechos con el resultado, te piden que poses otra vez… Los dos trabajan en empresas y tienen una carrera universitaria. Cámara digital en mano, tarjeta de crédito en la cartera, parece que no lo ganan mal. Afei, que vive en Hunan, tiene 27 años y está soltero, incluso se ha comprado hace poco una casa. Ambos te cuidan mucho, la verdad. Te intentan explicar en qué consiste tal o cual cosa, este u otro plato, el edificio de aquí o de allí. Salís de marcha por la noche. Vais a un par de locales que son como discotecas donde la gente no baila, sino que mira el espectáculo del escenario, y participa en los concursos y los juegos que propone el moderador. Tú tuviste que saltar para explotar globos y conseguir los premios que escondían los papelitos de su interior. En fin, lo has pasado muy bien. Con sus rarezas, con sus particularidades, con sus tabúes, sus miedos y su inmensa energía, la juventud de China, la juventud afortunada, aunque también esforzada, de este inmenso país, te ha abierto los brazos por un rato, y, por primera vez, te has sentido como en casa. Lo extraño es lo rápido que todo ha sucedido aquí. Casi da vértigo. Mientras paseabais, en una ocasión Afei te señaló un cartel con una inscripción que, traducida prescindiendo de todo ornamento, diría algo así: “Estudia duro y progresa cada día”. Se refería a tu interés por avanzar con el chino. Te dijo que era “una cita muy hermosa del Presidente Mao”. El Timonel, que, como mínimo, habría mandado a tus amigos a hacer penitencia pública por contrarrevolucionarios, por derechistas y por boicoteadores de los esfuerzos colectivos, murió hace sólo 34 años.





Paletos

25 01 2010

Ella te pregunta, mientras lee la carta, si comes de todo; dudas por un instante, pero piensas que si esa cara tímida e inocente es capaz, tú no puedes ser menos. Así que no pones reparos. Comes de todo. A vuestro lado, una camarera está dispuesta a explicar cualquier pormenor que se le pregunte. Es el protocolo habitual: te traen el menú y esperan a tu vera a que decidas. Tu acompañante habla un inglés más que correcto, está licenciada en una buena universidad, ha trabajado en revistas y ahora lo hace en una galería de arte, aunque sólo provisionalmente, pues quiere ir a estudiar un máster de periodismo a Estados Unidos. De hecho, por eso os conocisteis: ella buscaba ayuda para todos los documentos que debía enviar y tú buscabas a alguien que te enseñara chino. Te hizo gracia lo primero que le corregiste. En una carta de presentación, describía la importancia del periodismo digital con, entre otros, el siguiente argumento: “Incluso el Gobierno de China se ha visto obligado a clausurar páginas como Facebook, Blogspot, Twitter o WordPress”. Pronto descubriste que, al igual que mucha otra gente relativamente cultivada de aquí, nunca ha salido de su país. Ve el mundo exterior a través de dos ventanas, tan amplías como equívocas: las películas americanas y la panda de extranjeros que se mueve por Beijing, en su mayoría ejecutivos de multinacionales, funcionarios de las embajadas o estudiantes de chino. Piensas que si fueras chino, y tu visión del exterior se redujera a esas dos ventanas, no quedarías a cenar con muchos extranjeros. Por fortuna, ella es más indulgente que tú y se esfuerza por darte a conocer las delicias de la cocina local. El paseo hasta llegar al restaurante ha sido duro. A menos quince bajo cero, tras la mayor nevada en Beijing en los últimos 50 años, no importa mucho la ropa que lleves: siempre que estás en la calle, tienes un frío de muerte. Es raro, porque, además, estás moreno como un mulato. Miras toda esa nieve, esas calles blancas y esos montones de hielo que se acumulan desde hace días en las aceras, y luego te quitas los guantes y ves tus manos negras. Parece como un reloj digital en la muñeca del líder apache, algo que no debería estar ahí, que no cuadra. Cada día observas a cientos de personas en las calles, ocupándose de que vuelvan a ser transitables, prácticamente a pelo. Están los que pican el hielo, luego los que lo apartan mientras otros van formando montoncitos en los bordes de las aceras y, finalmente, los que llegan en camión en la tarde y se llevan el hielo quién sabe adónde. Al mirarlos, recuerdas las palabras que te dijo una amiga cuando llegaste: “En Europa, realmente, no sabemos lo que es crear empleo”. Acabas de volver de pasar las fiestas en Tailandia. Del trópico a la edad de hielo en un vuelo de cuatro horas. De cierta manera, comprendes más ampliamente ahora que el avión es un instrumento humano destinado a doblegar los límites de la naturaleza. Estaba claro, es cierto, pero ahora lo entiendes mejor. Mientras tanto, van trayendo los platos, en orden, en su orden, pero casi todos a la vez: primero una ensalada fría, con una suerte de tallarines viscosos, después unas verduras salteadas, luego el pollo y finalmente el arroz cocido, blanco, como se come aquí para acompañar, en un pequeño cuenco para cada uno. Todo está rico. Sin embargo, el pollo tiene algo especial. Entre trozos de carne, cacahuetes, verduras y una salsa bastante espesa, vislumbras unas pequeñas piezas alargadas, sólidas, pálidas, del tamaño de un dedo meñique. No te hace falta reflexionar demasiado. El pollo lo han puesto con los huesos y con los cartílagos. La intensidad del crujido de los dientes de tu acompañante despeja cualquier sombra de duda. Al principio, crees que podrás evitar males mayores si comes lentamente y dejas que ella acabe con todo lo duro. Pero pronto aprendes otra de las buenas costumbres locales: ella pinza uno de los cartílagos y lo deposita en tu plato como un detalle, una atención de buen gusto; luego te sonríe con dulzura y curiosidad, a la espera de que lo pruebes y comentes qué te parece. No tienes más remedio que metértelo en la boca y masticar. El trozo opone resistencia, aunque acaba cediendo, crujiendo y partiéndose en astillas que se extienden por tu paladar… China no es fácil, lo sabes desde los primeros días que llegaste. Es un país que te va poniendo obstáculos y, si bien te sientes feliz de haber superado unos pocos, a veces tienes la sensación de que toda la nación se ha confabulado para ver de qué pasta estás hecho, si eres digno de vivir aquí, en su rincón del mundo, en el lado opuesto que el tuyo. De pronto te viene a la memoria el ejecutivo extranjero que viste aquella noche a la salida de un bar. Cerró la puerta del taxi de un portazo inmenso y, ciego en su desesperación, aulló algo incomprensible mientras se dirigía, como un animal, al siguiente taxi de la fila. Cuando ya andaba a la gresca con el segundo conductor, uno de tus amigos se ofreció, en un acto de generosidad que te sorprendió, a hacer de intérprete. Los taxistas de Beijing no hablan inglés y nunca aceptan propina, siquiera sea 10 céntimos de euro. No les importa rechazar a un cliente si no entienden lo que dice o no les apetece ir a tal o cual sitio. Tienen un punto caprichoso, todo sea dicho. Pero crees que guardan también así su dignidad. Esta sensación la tienes sólo después de haber ido y haber vuelto. Nace de la comparación. Recuerdas estar andando por una calle en un pueblito de una isla con forma de garabato, dibujado sobre un mar tropical en un lugar perdido de los archipiélagos de Tailandia. Vas paseando. La gente te habla desde sus puestos, de comida, de refrescos, de masajes, de souvenirs; todos te hablan, en un inglés parco pero efectivo. Todos sonríen. De vez en cuando oyes la voz de algunas jóvenes que murmuran, cuando cruzas al lado de su negocio, pum pum, pum pum very good. Ellas también sonríen, aunque tú no quieres pagar para follar. Luego avanzas hacia la zona de copas y te encuentras con chicos y chicas jóvenes y guapos, tostados, con pinta de güiris, ofreciendo chupitos baratos y diversión asegurada. Los relatas te abordan en un inglés muy a la moda, sin modular su acento de paleto, dando por hecho que todo el mundo comprende cómo coño se habla en Suffolk, en Somerset, en Birchwood, en Wisconsin, en Smoke Bay, en todos los pequeños y poco ilustrados rincones de la anglofonía, si es que tal cosa existe. Están a gusto, como en casa, como en su puto pueblo. Entre tanto, los tailandeses pasan por completo desapercibidos, son una mera anécdota, el complemento imprescindible pero secundario de un circo montado sobre sus espaldas, fantasmas invisibles que han dejado de dar miedo, criados y putas en un país que vende baratos sus encantos. Realmente, tampoco tú te diste cuenta de que había tailandeses. Es fácil olvidar su existencia, porque no molestan, te dices… Piensas esto mientras el sabor del cartílago de pollo penetra hasta el fondo de tu garganta. Aguantas las arcadas y sigues comiendo. Le dices que está muy rico. Te alegras de que la camarera no sepa hablar inglés, porque la inmensa mayoría de sus clientes son chinos, y te dices que parece que los chinos están construyendo un país para los chinos, un país con muchos defectos, pero que no se arrodilla; un país del que ellos mismos se sientan orgullosos. De cierta forma, te alegras de todas las dificultades que vas enfrentando en el camino, porque, bien pensado, es lo justo. Y, además, crees que lo que surja de todo esto, de este inmenso y superpoblado experimento, va a marcar la suerte de todos los seres invisibles de este mundo. Ojalá que funcione.





Sombras de Invierno

17 12 2009

Están acurrucados, uno junto al otro y de rodillas. Él prende fuego a la hoguera mientras ella le tiende una mano sobre la espalda. Es de noche y hace frío en Beijing. No hay más luz que la que ofrecen los neones del restaurante de al lado: no es una gran avenida y, por tanto, no hay farolas, aunque no estás ni a 50 metros del rascacielos del Teatro Poly. Han salido de todas partes, sigilosamente, en la tarde. Son como sombras de invierno postradas en la calle para apagar el frío de esta inmensa urbe. Vas avanzando en la bici muy lentamente. La bruma confiere un aire místico a las fogatas. Parece una pista de aterrizaje de espectros. Te preguntas qué están haciendo, por qué hoy, por qué en medio de la calle, por qué en Beijing. Qué están quemando. Te sientes impotente. Ya has acumulado suficientes frustraciones lingüísticas para saber que de ningún modo lograrás comprender nada, por mucho que preguntes. Así que abusas de información privilegiada, haces un salto en el relato, vas al futuro, preguntas y vuelves. No olvidan a sus muertos. Están quemando dinero falso, billetes que se venden al peso en el mercado, para enviarlo a los difuntos y que puedan salir de apuros allá donde estén. Piensas que nunca se sabe, pero esperas que al menos de eso, de la plata, se pueda prescindir en el otro barrio… Dejas atrás las fogatas y te cuelas por la verja que da a la urbanización donde vives. Es curioso, aquí mucha gente, humilde y rica, sin distinciones, vive en condominios. Para indicar una dirección, dicen la zona y el condominio, no siempre la calle. Y les ponen los nombres más llamativos: El País de las Maravillas Internacional, La Ciudad del Sol, La Residencia de la Felicidad… El tuyo les quedó más modesto: El Almacén de la Puerta del Norte. Pero mola. Mola un huevo. Entras y ves a tu derecha la verja del patio del colegio. Por la mañana escuchas a los niños dando gritos en las clases de gimnasia. Lo único que te extraña es que no chillen más: hace un frío de muerte a las nueve de la mañana. A tu izquierda vez las mantas que cubren las cajas de un mercadillo de frutas. En una acera, a la derecha, hay unos diez aparatos de gimnasia dispuestos en línea. Hasta que llegaste a Beijing desconocías que hay abuelitas más ágiles que tú. Ahora las ves por las mañanas en sus aparatos, cuidándose. Poco más adelante hay un local algo misterioso. Tiene un montón de lámparas rojas, cilíndricas, como hechas de tela o papel, colgando de la fachada. Nunca has visto a nadie entrar o salir y, sin embargo, encienden puntualmente las luces cada día, como en cualquier negocio. Tu compañera de piso sospecha que es una casa de apuestas disfrazada de salón de té… En la época de Mao, las empresas estatales proveían residencias como éstas a los trabajadores en la ciudad, al igual que las comunas agrícolas lo hacían en el campo. También les daban atención sanitaria, escuelas para sus hijos, seguros por enfermedad y pensiones. Es decir, paradójicamente, el sistema de seguridad social de la China maoísta estaba fuertemente descentralizado. Con las enormes privatizaciones que comenzaron tras la muerte del Timonel en 1976 y el ascenso al poder de Deng Xiaoping todo este sistema se vino abajo. Y nada lo sustituyó. No te extraña que los chinos estén entre los más ahorradores del mundo, aunque ahora el Partido se ha propuesto convertirlos en alegres consumistas como tú y, para ello, tiene la intención de reconstruir en parte esas certezas básicas que hacen que la gente actúe más despreocupada… En fin, a lo que ibas. Has sudado la gota gorda para encontrar esta casa tan auténtica. Has pasado por cuatro o cinco agentes inmobiliarios y has visitado al menos 20 apartamentos. El proceso siempre fue el mismo: primero te llevan a un residencial internacional con botones en la puerta, caras blancas paseando por los jardines, arbustos recortados con formas geométricas y pisos muy monos, pero pequeños y caros; entonces les explicas que eso no es exactamente lo que buscas, que quieres algo más… auténtico. Es ahí que aparece esa cara que ya se te ha hecho tan familiar. Esos pequeños ojos chinos engrandecidos por el desconcierto. Te miran durante segundos y vuelven a preguntar y les vuelves a decir lo mismo y de nuevo la cara de desconcierto… hasta que, finalmente, llega la traducción tan esperada: un residencial local. Entonces dices que sí, que eso es lo que buscas, por mucho que no comprendes con certeza el alcance de esta palabra. Te llevan en bici, andando o en coche, a otro tipo de urbanización, sin botones, con edificios más viejos, con negocios de comida en la calle y puestos de verdura. Eso es más o menos lo que estás buscando. Entras en el apartamento y ves un salón relativamente amplio. Sin embargo, no hay ventanas, ni muebles, salvo por ese desvencijado sofá de color naranja que cubre la pared de enfrente, y, a pesar de todo, parece que no hay espacio, porque el suelo está plagado de objetos de todo tipo, desde una alfombrilla de baño a un secador. Vas a la cocina y se te cae el alma al suelo, hay grasa hasta en el bote de detergente. Te preguntas qué tiene esto de local. Te preguntas más bien si la mierda es una característica sine qua non de una urbanización local china. Miras al agente y le explicas que no quieres algo así, que te gustaría encontrar un sitio igual de amplio, en un residencial parecido, por un precio semejante, pero más ordenadito, un poco mejor amueblado, aunque sin lujos, y, sobre todo, sin mierda. En ese momento aparece de nuevo la cara de desconcierto. Sus ojos se clavan en ti. Te jode muchísimo que no te entienda. Llevas tres horas con una persona y aún no tiene ni puta idea de lo que quieres decir, a pesar de que lo intentas una y otra vez, a pesar de que habla un poco de inglés. Pero sabes que él también está frustrado y cansado porque no te comprende. Así que al final aceptas lo inevitable y te dices que el camino del mutuo entendimiento va a ser muy duro, más que en ningún otro lugar que hayas conocido. Además, en un golpe de suerte, encontraste exactamente el piso que buscabas. Y es cojonudo. No hay por qué quejarse. Menos ahora que está oscuro y es de noche, que estás escribiendo tu blog en casa con la calefacción a todo gas y una manta en el regazo y lees que afuera hace menos cinco grados; menos ahora que escuchas afuera el movimiento de las grúas… y sabes que bajo las grúas hay cientos de campesinos que persiguen su propio sueño en la gran ciudad escarbando la tierra en la noche por cuatro perras. No hay por qué quejarse de nada.





El aterrizaje

20 10 2009

Acabas de llegar a Beijing: 12 horas de vuelo y cinco de espera en el aeropuerto de Amsterdam. Has dormido durante el camino, aunque ya llevas despierto más de tres horas. Has visto los pliegues de la tierra sobre el desierto del Gobi y has comprobado cómo, mientras te acercabas a la capital, una bruma cada vez más densa iba cubriendo el paisaje. Estás cansado, pero atento al más mínimo detalle. Has venido a China para empaparte de su cultura. Mantienes los ojos bien abiertos. El aeropuerto es amplio y moderno, las empleadas de inmigración son inusualmente amables, no ponen trabas; de hecho, ni siquiera hablan: te limitas a leer en un cartel lo que se espera que hagas, y lo haces. Esto te decepciona, pues ya deseabas practicar las dos palabras que conoces en mandarín. Querías lanzarte a una conversación cualquiera, por pobre que fuera. Tendrá que esperar. Todo parece limpio. Unos carteles en inglés advierten la presencia de unos enormes escáneres de temperatura. Van controlando a la gente mientras avanza por un pasillo. Parece que hay miedo a la gripe A, como en todas partes. Muchos de los trabajadores del aeropuerto llevan una mascarilla sanitaria. Te sorprende, por primera vez, la abundancia de empleados. Hay gente de uniforme por todas partes, si bien no siempre está claro a qué se dedican exactamente. Y eso es sólo el principio, días más tarde descubrirás que no sólo es posible, sino habitual, que haya más camareros que clientes en un restaurante, y que aún así todo sea un caos… Pero centrémonos en el ahora, en tu llegada a la capital de China, el país de Confucio y la cuna del Yin y el Yang. Te habían hablado mucho de esto, te habían dicho que China sería la potencia de este siglo, lo habías leído en innumerables artículos y ensayos; tus amigos, aquellos que habían viajado por aquí, te comentaban que la gente busca, ante todo, el dinero, que no queda nada del Yin ni del Yang; que China es un vasto experimento comercial yermo de toda cultura: el legado supremo del capitalismo a la humanidad. No te lo habías creído del todo. Tienes ciertos prejuicios. Crees que el mochilero está, por sistema, más a gusto en culturas ajenas que en la propia y que, por tanto, no juzga con sobriedad hasta qué punto las tradiciones subyugan a las personas. Aún así, te decías, si el río corre, agua lleva. Has conocido otros países pobres. Sabes que, delante del rico, se avergüenzan de su pobreza y menosprecian su cultura. Pero China debe de ser diferente, te dices. Sin embargo, estás leyendo literatura china, libros que hablan de la Revolución Cultural (1966-1976), y sabes que aquello fue duro. Quieres citar a los autores que estás leyendo, pero lo evitas. Escribirás más sobre el tema. Basta con que digas que fue una psicosis colectiva, un maremoto criminal de masas que eliminó a la mayor parte de los profesores y artistas del país y dividió por 50 el número de estudiantes universitarios en toda China.¿Qué parte de la cultura consiguió sobrevivir y cómo? Esa pregunta te acucia. ¿Habrá un sentimiento de culpa entre los supervivientes? Quieres saber a toda costa más sobre eso. Le vas a preguntar a la gente. Tal vez por eso estás escribiendo un blog y tal vez por eso lo has titulado el ‘Este es Rojo’, pues así se llama la canción que los millones de niños de China debían cantar durante la Revolución Cultural, al entrar en la escuela: “El este es rojo / El sol se levanta / China ha visto nacer a Mao Zedong / Él obra por la felicidad del pueblo / ¡Hurra! Él es la gran estrella que salvará al pueblo […]” Tal vez por eso estás recordando tus primeros pasos en esta ciudad, mientras bebes una cerveza en casa y escribes. ¿Es que has recorrido la vida durante 28 años para sentarte a escribir sobre un país exótico a miles de kilómetros de la gente que quieres? Por inverosímil que parezca, la frase cobra cierto sentido mientras el negro se impone sobre el blanco en la pantalla del ordenador. Te apasiona la magia de la escritura. La experiencia humana con mayúsculas relatada con las 28 letras del abecedario como única herramienta… Miras el aeropuerto. Es el aeropuerto de un país próspero. Está limpio como una patena. El escaparate de China ante el mundo: no puede ser de otro modo. Pronto descubrirás que el sueño de la prosperidad es omnipresente, que no es un simple maquillaje con el que engalanarse ante el extranjero. Pero aún no lo sabes. Estás esperando que aparezca la maleta sobre la cinta de equipajes. Acabas de conocer a la gente simpática que viaja contigo. Te has reído mucho. Se trata de un nuevo principio y hacía mucho tiempo que no tenías un nuevo principio. Piensas que es cojonudo poder empezar de nuevo. Piensas esto y te diriges al lavabo. De nuevo, todo impecable, hay un pasillo ancho, diez urinales alineados, otros tantos lavabos… y de pronto, lo ves. Ahí enfrente hay un tipo vestido en traje de chaqueta, está leyendo el periódico y no consigues distinguir su cara. Sin embargo, ves que está sentado con los pantalones bajados encima de un wáter y percibes que realmente está haciendo lo que parece que está haciendo, enfrente de ti,  porque ha prescindido de la puerta que el Gobierno ha puesto en los servicios del aeropuerto para tranquilidad de los pudorosos extranjeros. Es un ejecutivo chino que caga a la vieja usanza, al aire, sin tapujos. Sólo han pasado 20 minutos desde que aterrizaste, pero intuyes que esta imagen habla más allá de lo evidente…