Ella te pregunta, mientras lee la carta, si comes de todo; dudas por un instante, pero piensas que si esa cara tímida e inocente es capaz, tú no puedes ser menos. Así que no pones reparos. Comes de todo. A vuestro lado, una camarera está dispuesta a explicar cualquier pormenor que se le pregunte. Es el protocolo habitual: te traen el menú y esperan a tu vera a que decidas. Tu acompañante habla un inglés más que correcto, está licenciada en una buena universidad, ha trabajado en revistas y ahora lo hace en una galería de arte, aunque sólo provisionalmente, pues quiere ir a estudiar un máster de periodismo a Estados Unidos. De hecho, por eso os conocisteis: ella buscaba ayuda para todos los documentos que debía enviar y tú buscabas a alguien que te enseñara chino. Te hizo gracia lo primero que le corregiste. En una carta de presentación, describía la importancia del periodismo digital con, entre otros, el siguiente argumento: “Incluso el Gobierno de China se ha visto obligado a clausurar páginas como Facebook, Blogspot, Twitter o WordPress”. Pronto descubriste que, al igual que mucha otra gente relativamente cultivada de aquí, nunca ha salido de su país. Ve el mundo exterior a través de dos ventanas, tan amplías como equívocas: las películas americanas y la panda de extranjeros que se mueve por Beijing, en su mayoría ejecutivos de multinacionales, funcionarios de las embajadas o estudiantes de chino. Piensas que si fueras chino, y tu visión del exterior se redujera a esas dos ventanas, no quedarías a cenar con muchos extranjeros. Por fortuna, ella es más indulgente que tú y se esfuerza por darte a conocer las delicias de la cocina local. El paseo hasta llegar al restaurante ha sido duro. A menos quince bajo cero, tras la mayor nevada en Beijing en los últimos 50 años, no importa mucho la ropa que lleves: siempre que estás en la calle, tienes un frío de muerte. Es raro, porque, además, estás moreno como un mulato. Miras toda esa nieve, esas calles blancas y esos montones de hielo que se acumulan desde hace días en las aceras, y luego te quitas los guantes y ves tus manos negras. Parece como un reloj digital en la muñeca del líder apache, algo que no debería estar ahí, que no cuadra. Cada día observas a cientos de personas en las calles, ocupándose de que vuelvan a ser transitables, prácticamente a pelo. Están los que pican el hielo, luego los que lo apartan mientras otros van formando montoncitos en los bordes de las aceras y, finalmente, los que llegan en camión en la tarde y se llevan el hielo quién sabe adónde. Al mirarlos, recuerdas las palabras que te dijo una amiga cuando llegaste: “En Europa, realmente, no sabemos lo que es crear empleo”. Acabas de volver de pasar las fiestas en Tailandia. Del trópico a la edad de hielo en un vuelo de cuatro horas. De cierta manera, comprendes más ampliamente ahora que el avión es un instrumento humano destinado a doblegar los límites de la naturaleza. Estaba claro, es cierto, pero ahora lo entiendes mejor. Mientras tanto, van trayendo los platos, en orden, en su orden, pero casi todos a la vez: primero una ensalada fría, con una suerte de tallarines viscosos, después unas verduras salteadas, luego el pollo y finalmente el arroz cocido, blanco, como se come aquí para acompañar, en un pequeño cuenco para cada uno. Todo está rico. Sin embargo, el pollo tiene algo especial. Entre trozos de carne, cacahuetes, verduras y una salsa bastante espesa, vislumbras unas pequeñas piezas alargadas, sólidas, pálidas, del tamaño de un dedo meñique. No te hace falta reflexionar demasiado. El pollo lo han puesto con los huesos y con los cartílagos. La intensidad del crujido de los dientes de tu acompañante despeja cualquier sombra de duda.
Al principio, crees que podrás evitar males mayores si comes lentamente y dejas que ella acabe con todo lo duro. Pero pronto aprendes otra de las buenas costumbres locales: ella pinza uno de los cartílagos y lo deposita en tu plato como un detalle, una atención de buen gusto; luego te sonríe con dulzura y curiosidad, a la espera de que lo pruebes y comentes qué te parece. No tienes más remedio que metértelo en la boca y masticar. El trozo opone resistencia, aunque acaba cediendo, crujiendo y partiéndose en astillas que se extienden por tu paladar… China no es fácil, lo sabes desde los primeros días que llegaste. Es un país que te va poniendo obstáculos y, si bien te sientes feliz de haber superado unos pocos, a veces tienes la sensación de que toda la nación se ha confabulado para ver de qué pasta estás hecho, si eres digno de vivir aquí, en su rincón del mundo, en el lado opuesto que el tuyo. De pronto te viene a la memoria el ejecutivo extranjero que viste aquella noche a la salida de un bar. Cerró la puerta del taxi de un portazo inmenso y, ciego en su desesperación, aulló algo incomprensible mientras se dirigía, como un animal, al siguiente taxi de la fila. Cuando ya andaba a la gresca con el segundo conductor, uno de tus amigos se ofreció, en un acto de generosidad que te sorprendió, a hacer de intérprete. Los taxistas de Beijing no hablan inglés y nunca aceptan propina, siquiera sea 10 céntimos de euro. No les importa rechazar a un cliente si no entienden lo que dice o no les apetece ir a tal o cual sitio. Tienen un punto caprichoso, todo sea dicho. Pero crees que guardan también así su dignidad. Esta sensación la tienes sólo después de haber ido y haber vuelto. Nace de la comparación. Recuerdas estar andando por una calle en un pueblito de una isla con forma de garabato, dibujado sobre un mar tropical en un lugar perdido de los archipiélagos de Tailandia. Vas paseando. La gente te habla desde sus puestos, de comida, de refrescos, de masajes, de souvenirs; todos te hablan, en un inglés parco pero efectivo. Todos sonríen. De vez en cuando oyes la voz de algunas jóvenes que murmuran, cuando cruzas al lado de su negocio, pum pum, pum pum very good. Ellas también sonríen, aunque tú no quieres pagar para follar. Luego avanzas hacia la zona de copas y te encuentras con chicos y chicas jóvenes y guapos, tostados, con pinta de güiris, ofreciendo chupitos baratos y diversión asegurada. Los relatas te abordan en un inglés muy a la moda, sin modular su acento de paleto, dando por hecho que todo el mundo comprende cómo coño se habla en Suffolk, en Somerset, en Birchwood, en Wisconsin, en Smoke Bay, en todos los pequeños y poco ilustrados rincones de la anglofonía, si es que tal cosa existe. Están a gusto, como en casa, como en su puto pueblo. Entre tanto, los tailandeses pasan por completo desapercibidos, son una mera anécdota, el complemento imprescindible pero secundario de un circo montado sobre sus espaldas, fantasmas invisibles que han dejado de dar miedo, criados y putas en un país que vende baratos sus encantos. Realmente, tampoco tú te diste cuenta de que había tailandeses. Es fácil olvidar su existencia, porque no molestan, te dices… Piensas esto mientras el sabor del cartílago de pollo penetra hasta el fondo de tu garganta. Aguantas las arcadas y sigues comiendo. Le dices que está muy rico. Te alegras de que la camarera no sepa hablar inglés, porque la inmensa mayoría de sus clientes son chinos, y te dices que parece que los chinos están construyendo un país para los chinos, un país con muchos defectos, pero que no se arrodilla; un país del que ellos mismos se sientan orgullosos. De cierta forma, te alegras de todas las dificultades que vas enfrentando en el camino, porque, bien pensado, es lo justo. Y, además, crees que lo que surja de todo esto, de este inmenso y superpoblado experimento, va a marcar la suerte de todos los seres invisibles de este mundo. Ojalá que funcione.
Paletos
25 01 2010
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¡Noticias! Qué alegría! por tí …. por la culpable de las arcadas y de que comas de todo! Y porque escribes bien y me gusta leerte. ¡Beijin bien vale una misa! Yo hoy ofreceré la mía por tu regreso a los blogueros del mundo , por los chinos…entre los que te cuento porque te has hecho visible….y por todos los seres “invisibles” de este mundo. ¡Voy a preparar el sake y ahora mismo llamo a tu madre para que baje y brindemos a tu salud!
Hola pequeño!! Me ha encantado leerte, da gusto saber cómo es la vida allí mientras también nos transmites que, a pesar de las diferencias (que, cierto es, siempre enriquecen), estás bien. Y me das una envidia!!! Hasta el cartílago que te tuviste que comer por cortesía, fíjate! Jaja!
Un besazo enorme y todo mi apoyo y admiración!
Bien Diego, muy bien. Te leo y te escribo desde Smara, en el interior del desierto del Sahara. Aqui te dejo el blog que trata de llevar mi hermano, a duras penas:
http://abdulbashur.wordpress.com
Un abrazo
Bravo, Diego. Da gusto leer tu blog. Por el qué y por el cómo, aunque a veces te atragantes. Yo una vez pedí una servilleta con cierta insistencia en una casa de un pueblito de Inglaterra y me trajeron una valleta; yo tenía 17 años y la señora cocinera una mala hostia… así que me limpié con ella, y luego usé la manga para quitarme el sabor a mistol. ¿se parece? no sé, pero me da igual.
Yo no tengo ni blogs ni estoy en países extranjeros de esos así que sigue con el serial mandarín.
Por cierto, hoy que comido pollo ‘sin’. Y sin limpiarme (odio las servilletas)
En el próximo link podrías atreverte con una chirigota chinorri.
abrazos
Diego, gran artículo (que no se realmente como llamarlo, jejeje). Ya me he hecho fan tuya!!! Sigue escribiendo y contándonos y sobre todo transmitiéndonos como es ese gran país en el que estás. Un besote y que aproveches al máximo. Te seguiremos leyendo
Me ha encantado, Diego.
EL uso de la 2ª persona hace que, al menos por momentos, me desplace 8000km y sienta la incomodidad de apreciar lo remotamente ajeno y las ganas de enviar a su casa a “tus” paletos que no sólo son incapaces de hacer lo más mínimo, no ya por acercarse a otra cultura, si no por aparcar momentáneamente la suya.
Sigue escribiendo, que por tierras menos exóticas y más neutrales seguimos leyendo.
Cuídate y va un besote!
Lo pones hasta muy sofisticado a veces complicado por un extranjero.. casi difícil. Pero estoy aquí, escuchando uno de tus álbum favoritos, retupmoc ko, no podría dejar de leerte ni si lo quisiera.
Así me cuentas lo que ves, como si la escritura china no se leería de la izquierda a la derecha, con todas sus controversias realidad contrapuestas o lo raro que es la mirar a la vida como si pudiéramos conocerla, como si fuera simple decir de ver lo que pasa adelante de nuestro ojos abierto.
En todo esto una cosa es segura y confirmada: tienes una arte Amigo mio y lo bueno es que se trata de aquella que mas te gusta!!! Lo haces muy bien y no pare por favor porque la literatura te necesita y no solo este lugar de encuentro.
Diegales!!
Cuanta razon tienes! Cambiando del amarillo al marron, aqui tambien se nos atraganta el curry mas de una vez. Pero estoy seguro de que, dentro de unos meses, seras tu el que ponga el cartilago en mi plato.
Un abrazo, figura!
Hola!
pobre! te imagino comiendo el pollo con los huesitos, ay! y el momento ese en solo quieres tragar y acabar de comer…en realidad me hace mucha gracia cuando dibujo la escena en mi mente!
Sigue experimentando y disfrutando cada momento…ya has probado los escorpiones caramelizados en Wangfujing, siempre he tenido mucha curiosidad, cuando vaya me llevarás a comerlos?
Hola Diego. Me traslado contigo a Beijing cada vez que leo tu blog. Que suerte tengo de viajar y conocer un país sin salir de la salita de casa, en Cádiz. Deseando recibir el próximo. Besos. Carmina
Da gusto leerte Diego.
El sábado a la noche conocí por fin a Carla, que ya está de vuelta en Beirut, es encantadora. Le he prometido que uno de estos días la iba a invitar a cenar croquetas de jamón (elaboradas por un servidor, of course) y brindaremos a tu salud.
Un abrazo,
Pablo
Hola Diego,
por azares del destino he llegado a tu blog y he leido este relato….
Yo soy mexicana, vivi dos años en Madrid y ahora tengo ya dos años en Shanghai. ¡Me ha encantado como escribes!, ni yo que vivo algo parecido todos los días pude haberlo descrito igual. Es cierto que aquí se vive con una “verdad” muy diferente…uno va rompiendo muchos paradigmas ¿verdad?.
Saludos y sigue escribiendo para que estas memorias de lo vivido no se olviden nunca.
Hola Jose Diego, he quedado muy sorprendida al leer este último relato, por lo bien escrito y porque estoy sabiendo más de tí ahora que cuando vivías en Cádiz. Ya habia leido otros anteriores aunque no te habia hecho comentarios. Después de leer este último aún continuo con la curiosidad. ¿Al final que era ese cartílago que te metiste en la boca? Besitos
Hola, Dieguillo!!
Pues, da la casualidad, que leía hace poco un libro de Linda Leung, (Etnicidad Virtual), de una muchacha china, y por cierto, todos los compañeros critican el libro porque dicen que la china es una pesada con eso de la “mirada blanca”, yo no es que entienda mucho, pero la chiquilla parece estar revirada porque dice que desde fuera es fácil criticar una cultura tan diferente, sobre todo por aquellos que intentan dominar. Ella los denomina los poderosos, los de la mirada blanca (hombres, heterosexuales, blancos y occidentales). Pero claro, ¿con qué mirada quiere que la miren? Si el que va allí no es chino…
De todas formas no veo esta mirada en tus palabras, hablas con mucha dulzura, sensibilidad y sentido del humor. Te acercas hablando y viviendo experiencias, y te alejas comparando, a veces, pero no deja de ser un espectáculo ver cómo narras tus vivencias. Impacta.
Besos
PD. Yo creo… que los chinos, son chinos por encima de todo!.
Por cierto, que la china de la que hablo, no sé si es china del todo, o entreverá.
Otro beso.